sábado, 7 de septiembre de 2013

Memorias de un bosque en la ciudad [apartes*]

Por: Edith Sánchez

Son las cinco de la tarde y el sol se mantiene incólume sobre las calles, pero los seres nocturnos ya han empezado a reencontrarse entre los cuatro muros de “El trasnocho”, la tienda más antigua del barrio. Hay sobretodo hombres bajos y cenizos, con la piel ancha y los ojos oscuros. La mayoría viste saco de traje, o pantalón de traje, o traje entero. Casi todos sonríen y se saludan entre sí, gritándose de mesa a mesa. Algunos están allí desde temprano y no logran disimular su mirada turbia y su gesto distante. En esta tarde calurosa, el olor a cerveza se ha convertido en un vaho espeso y sedante que vuela sin pudor por todos los rincones. Un hombre de unos sesenta y tantos años llega en un carro elegante y entra despacio, con la expectativa del ausente que por fin apareció.
-          ¡Tiempos sin verlo, don Abdón! –dice don Jorge Eliécer emocionado-. ¡A usted quién le echó los perros, que no volvió por acá!
-          La religión ya no me lo permite.
Todos ríen. Es un chiste clásico: desde hace un par de décadas, pululan por el barrio diferentes iglesias y no es raro ver gente “convertida” de la noche a la mañana.
-          ¿No será que ya no lo dejan salir de la casa? –replica don Jorge Eliécer.
-          Correcto. Ya no soy interno, sino requinterno –le contesta don Abdón.
-          Eso está bien… que le pongan su bozal…
-          ¿Cómo así?... Eso ni que yo fuera perro… -dice don Abdón, y la carcajada se vuelve unánime.
“Es que él es un vaselino… más perro…”, me dice un hombre desde otra mesa, como para explicarme el asunto.

Una calle del Bosque Popular - Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá

Don Abdón saluda a Estela, la hermana de José, que está detrás del mostrador y lo recibe con un abrazo. Luego los dos juegan a empujarse. Miro alrededor y veo que probablemente no hay nadie menor de cincuenta.
Mientras don Jorge Eliécer toma un sorbo grande de cerveza recuerda el tiempo en que compró su lote a los urbanizadores y se convirtió en propietario por primera vez en su vida. Había llegado a Bogotá unos diez años antes, desde Gachetá. Emigró más para alejarse del maltrato de su padre y sus patrones, que por el ansia ingenua de probar suerte. Fue a parar La Estrada, en donde vivían unos tíos suyos que construían casas por todo ese sector. Cuando comenzaron a vender los lotes de lo que sería el Bosque Popular, le ayudaron a don Jorge Eliécer y a un hermano suyo, para que se hicieran a un terreno que operaba como botadero en una zona que hoy es el centro del barrio. Los hermanos compraron la propiedad por 13 mil pesos y dos años después la vendieron por 22 mil. Así consiguieron el capital para adquirir dos nuevos lotes y edificar sus casas en el sector conocido como “El trébol”.
“Yo compré el lote cuando había muy poquitas casas por aquí. Eso eran los primeros años de los sesenta.  Me costó dos mil, o dos mil quinientos pesos, no recuerdo”.
Me cuenta que los constructores habían dividido el terreno en cuatro zonas: El Bosque, El Trébol, Casa Blanca y Casa Nueva. 
Cada propietario construyó su casa como a bien tuvo, generalmente con la ayuda de un maestro de obra y el concurso de familiares, amigos o alguno que otro obrero. Durante los domingos era común ver grupos mezclando cemento al frente de las construcciones y “tupiendo ladrillo”, alrededor de unas “amargas”. Normalmente edificaban un primer piso, “echaban la plancha” y luego construían un segundo piso con terraza. Casi todas las casas tienen amplios patios interiores y antejardines. La obra total duraba años, pues se iba haciendo al ritmo de los vaivenes económicos. El estilo replicaba las construcciones campesinas de Cundinamarca y Boyacá, sitios de origen de la mayoría de los pobladores. “La casa de un cundi-boyacense nunca termina de construirse”, dice Juan Becerra, un arquitecto que nació y se crió en el barrio. “Cuando tú ves un montón de arena al frente de una casa y pasan los años de los años, y siempre se renueva el montón, es porque en esa casa vive un cundi-boyacense”, agrega.
Se dice que gran parte de los primeros habitantes del Bosque Popular eran empleados de empresas de servicios públicos, quienes, debido a su labor, se ponían apodos entre sí. A los empleados del acueducto los llamaban “sapos”; a los de obras públicas se les decía “grillos”; los de la energía eran “micos”; a los del aseo los llamaban “marranos”; y luego, a los de la empresa de teléfonos los apodaban “loros”. Algunos habitantes afirman que el nombre “Bosque Popular” se debe a la presencia de “toda esa fauna” en el sector. Otros piensan que se le dio el apelativo de “Popular” para oponerlo al “Bosque Izquierdo”, un barrio tradicional de clases altas. La versión más creíble es que que hasta mediados del siglo XX el occidente de Bogotá fue una espesa arboleda deshabitada y para los habitantes de la ciudad era un bosque que pertenecía a todos: un Bosque Popular.
Mientras don Jorge Eliécer me habla, no puedo dejar de pensar en que él, como todos los demás propietarios de esta zona, viven sobre un terreno que llegó a sus manos gracias a uno de los fraudes más colosales que se haya dado en Bogotá.

La tierra. Historia de un fraude

Los terrenos en donde queda lo que hoy se conoce como el barrio Bosque Popular, fueron vendidos a gente como don Jorge Eliécer por dos urbanizadoras: Cuellar Serrano Gómez y Martínez Cárdenas y Cía. Ambos constructores formaban parte de la Asociación de Urbanizadores y Parceladores, creada en 1954 cuando Gustavo Rojas Pinilla anunciaba la creación del Distrito Especial de Bogotá, anexando para ello los seis municipios que bordeaban la ciudad.
Las dos firmas compraron los terrenos al Padre Joaquín Luna y a la Beneficencia de Cundinamarca. En aquel entonces, a nadie se le ocurrió cuestionar la transacción. Al fin y al cabo la ciudad vivía una expansión sin antecedentes, alentada desde el poder por Rojas y desde la comunidad por los cientos de familias que seguían llegando a la ciudad después de la violencia iniciada en el 48. Lo cierto es que los terrenos que tan alegremente unos vendían y otros compraban, formaban parte de la Hacienda El Salitre, un legendario predio que José Joaquín Vargas le había regalado a la gente pobre de Bogotá.
Sobre la vida de Vargas no se conoce mucho. Se sabe que nació accidentalmente en París durante unas vacaciones de sus padres, León Vargas Calvo y María Josefa Escobar. Era sobrino nieto de Luis Vargas Tejada, el mayor dramaturgo colombiano del siglo XIX, autor de la famosa obra de teatro “Las Convulsiones”; el mismo que perseguido por sus ideas independentistas se refugió en una cueva por más de un año a escribir y murió ahogado cuando emprendió la huída hacia Venezuela.
J.J. Vargas, como es más conocido, también era sobrino bisnieto de Josefa Acevedo y Gómez, la hija del Tribuno del Pueblo que encendió a la multitud el 20 de julio de 1810, con aquello de “Si desaprovecháis estos momentos de efervescencia y calor”, etc.
Fue un hombre de la alta sociedad bogotana durante toda su vida. Estudió Derecho en la Universidad del Rosario y por 15 años continuos fue presidente del prestigioso Jockey Club de Bogotá. Vivía en La Candelaria, en la zona que hoy es conocida como “Parque el Palomar del Príncipe”, en una hermosa mansión. Dicen que para su desplazamiento personal alquilaba un vagón de tren, en donde viajaba con su caballo.
Heredó de sus padres la Hacienda El Salitre, que comprendía todo el terreno ubicado entre lo que hoy es la Carrera 30 y la Avenida Boyacá, de oriente a occidente; y entre la Calle 72 (antigua Avenida Calle 68) y la calle 22, de norte a sur. Eran 1.500 hectáreas en total.
El terreno era una herencia que recibió su madre a mediados del siglo XIX y que fue objeto de un largo litigio en los juzgados capitalinos. Se sabe que los primeros dueños fueron los Rivas, particularmente Nicolás de Rivas, quien terminó fusilado por los españoles durante la guerra de Independencia. Su muerte y la de su hermano Rafael, dio lugar a una seguidilla de compras, ventas y arrendamientos que enredaron la tenencia de la propiedad, y que sólo concluyeron hasta 1873 con la finalización del pleito a favor de León Vargas Calvo, en representación de su esposa.
José Joaquín Vargas nunca tuvo hermanos, ni hijos y jamás se casó. Unos quince años antes de morir elaboró su testamento en una página y media; allí resume su vida y define el rumbo que tomarán sus bienes. Lo registró en la Notaría Tercera de Bogotá, en sobre debidamente sellado y lacrado, el 6 de diciembre de 1922. Expresó de viva voz ante testigos que “dentro de este pliego se encuentra mi testamento”, el cual fue guardado en una caja de hierro. Luego murió, el 2 de marzo de 1936, de una hemorragia cerebral, a sus 68 años. 22 días después fue abierta la caja y se comprobó que el documento se encontraba en perfecto estado, por lo cual se dio a conocer plenamente su contenido.
Fue así como se supo que  J.J. Vargas había donado todos sus bienes a diferentes obras de beneficencia, particularmente al Hospital San Juan de Dios de Bogotá, al cual le otorgó un “Derecho de dominio proindiviso sobre la finca raíz de la Hacienda El Salitre”, la cual entonces tenía una extensión que se estableció en 2.100 fanegadas. Así mismo, Vargas dejó instrucciones para que sus bienes fueran distribuidos entre otras obras sociales así: 20 unidades al Asilo de San José para niños desamparados; 20 unidades al Hospicio de Bogotá; 20 unidades a la Asociación San Vicente de Paul de Bogotá; y 10 unidades al asilo de indigentes hombres y mujeres de Bogotá. Dejó instrucciones para una repartición análoga, en caso de que aparecieran bienes que no estuvieran registrados en el documento.
Algún funcionario del Estado interpretó el testamento de Vargas de manera amañada. Se abrió paso la tesis de que lo procedente era entregarle todo el legado a la Beneficencia de Cundinamarca para que lo administrara, pese a que ningún aparte del testamento sugería esa intermediación. Y olímpicamente esa entidad se quedó con todo para dejar que se hicieran ochas y panochas con los terrenos, hasta la fecha.
El primero que lanzó un zarpazo fue el presidente Alfonso López Pumarejo, quien expropió un lote de 177 fanegadas para construir allí la ciudad universitaria donde aún funciona la Universidad Nacional. Lo hizo el 13 de marzo de 1936, cuando todavía estaba tibio el cadáver de Vargas y ni siquiera se había dado lectura formal a su testamento.
Luego, el General Gustavo Rojas Pinilla intervino el Occidente sin ningún recato. Allí construyó el Aeropuerto Internacional Eldorado y la Avenida que lleva ese mismo nombre. También desarrolló las obras del CAN.


Más adelante, Virgilio Barco también exprimió la “tierra sin dueño” que había sido legada por José Joaquín Vargas. Siendo alcalde de Bogotá, recibió la noticia de la confirmación de la ciudad como sede del Congreso Eucarístico Internacional, al cual asistiría el Papa Pablo VI. Tal vez por vergüenza, tal vez por sentido de la oportunidad, Barco decidió ordenar la construcción de la Carrera 68, que también es conocida como Avenida del Congreso Eucarístico o Avenida El Espectador, dado que durante mucho tiempo funcionó allí la sede de ese diario. Su Santidad había logrado el milagro.
Unos 30 años más tarde, cuando Barco fue Presidente de la República, fomentó la construcción de “Ciudad Salitre”, una urbanización que se considera el único proyecto de vivienda verdaderamente planificado en el país.
No se tiene noticia de que el Hospital San Juan de Dios, o alguna de las otras obras de beneficencia a las que José Joaquín Vargas donó su fortuna, hayan recibido un solo peso por esos terrenos que tan hábilmente se fueron utilizando.

El agua. Historia de una destrucción

Resulta por lo menos curioso que los primeros habitantes del Bosque Popular hubieran tenido problemas para abastecerse de agua. Y es curioso porque durante siglos, más bien miles de años, todo el terreno que ocupa el barrio había estado anegado.
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La zona que ocupaba la Hacienda El Salitre aún se mantenía prácticamente virgen. El cronista José María Cordobez, en sus “Reminiscencias de Santa Fe y Bogotá”, la describía así: “El Salitre, era un gredal negruzco en donde se quedaban prendidas las cabalgaduras lo mismo que las moscas en miel espesa: ese lugar se hizo célebre porque allí quedó pegado, con mula y todo, Monseñor Lorenzo Barilli, Nuncio del Papa, en el año de1857, a su regreso a Roma.”
A la llegada de los españoles, de los cerros nororientales de la sabana bajaban más de 200 quebradas, organizadas mediante un proceso de regulación natural de aguas que operaban como esponjas y filtros naturales, y que finalmente desembocaban en el Río Bogotá. Lo que los invasores vieron como un enorme lodazal era en realidad una fantástica red de humedales que los Muiscas jamás tocaron, pues intuitiva y empíricamente conocían su valor.
Durante siglos el terreno de El Salitre permaneció básicamente deshabitado. Por su área se extendían varias pequeñas lagunas y un bosque tupido, plagado de fauna, que escasamente era visitado para obtener madera, aunque no de forma intensiva. Salvo por pequeñas crías de ganado y uno que otro camino abierto por el desespero, la zona se mantenía impoluta. Pero en tiempos de la colonia, esos territorios eran vistos como un pantano inservible. 

Cuando la Beneficencia de Cundinamarca se hizo cargo de la Hacienda El Salitre, vendió una porción de tierra al famoso Padre Luna para que iniciara allí su programa de Granjas Infantiles. La obra tenía una extensión de 18 fanegadas. Las instalaciones educativas se ubicaban en lo que hoy corresponde al Instituto Técnico Industrial Francisco José de Caldas; lo demás era área de trabajo, destinada a la capacitación en labores del campo para los jóvenes abandonados de la ciudad, conocidos desde esa época como “gamines”.
El Padre Luna era de origen campesino; había nacido en Santander, vereda de San Andrés, provincia de García Rovira. Perdió a su padre siendo muy niño y creció en medio de una enorme pobreza. Josefa, una de sus hermanas, le contó a El Tiempo que: “a los 10 años, en una ausencia de mamá, cogió sus cositas y solo se matriculó en el seminario”.
Su gran obsesión fueron siempre los niños abandonados, siguiendo las enseñanzas de San Juan Bosco. Por eso, en cuanto le fue posible, fundó sus granjas infantiles, con la convicción de que la ciudad corrompía los espíritus y por eso el camino para la recomposición del ser humano era la vuelta al campo. Así que se dedicó a recoger niños de las calles y llevarlos a su institución para capacitarlos en labores agrícolas. Quienes lo conocieron dicen que su lema eran las palabras de San Pablo: “Si yo hablase todas las lenguas de los hombres y de los ángeles y no tuviera caridad, sería como metal que suena y campaña que retañe”. Abogó también por implantar la investigación obligatoria de la paternidad, desde todos los púlpitos en los que se escuchaban sus sermones.
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La construcción del Aeropuerto y la Avenida Eldorado afectó la existencia de la gran laguna que había en esa área, fragmentándola en los humedales de Capellanía y Jaboque.  Por su parte, la urbanización de los terrenos ubicados hacia el norte destruyeron de manera significativa el equilibrio del agua y de ello sólo queda el “Humedal El Salitre” que apenas fue reconocido como tal mediante una Resolución de Agosto de 2009.
Las oleadas de inmigración desaforada que se descolgaron durante las décadas de los 50 y 60 cambiaron por completo el paisaje de la zona y fueron definitivos para el delicado ecosistema que imperaba en el lugar.
Don Jorge Eliécer tiene un recuerdo vago de la presencia del agua en lo que hoy es el Bosque Popular: “Aquí había una laguna, donde terminan El Técnico y Cafam; todo eso estaba lleno de agua, hasta pasando la Avenida Eldorado. A nosotros nos tocó pagar desecación de esa laguna, yo tengo por ahí la cartilla que nos dieron con las instrucciones. Hicieron un canal para sacar toda esa agua al Río Bogotá, allá en la 80. El canal pasaba por debajo de donde ahora están edificios de El Gualí. Antes de eso, por acá todo era guineo y junco, hasta donde queda Eldorado”.
Con el nuevo aeropuerto desapareció el aeródromo de Santa Cecilia, también conocido como “Aeropuerto de LANSA”, ubicado en lo que hoy es el barrio Normandía. Por obvias razones despareció también el Aeropuerto de Techo y el señor Jenaro Rico en compañía de otros bogotanos, construyeron en su lugar el Hipódromo de Techo. Con ello desapareció el llamado “Hipódromo de la 53”, el cual estaba ubicado en lo que actualmente es el barrio Galerías. Todos estos movimientos y nuevas obras comenzaron a volver atractivo el occidente para los nuevos pobladores de Bogotá y, por supuesto, para los constructores que estaban en auge. De ser un territorio prácticamente abandonado, toda la extensión de la Hacienda El Salitre pasó a ser un foco de expansión.
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El aire. Historia de un jardín encantado

Después de instaurada la República, el patrimonio ecológico del país fue considerado un tema menor. Pese a que la Expedición Botánica realizada por José Celestino Mutis fue uno de los factores que incendió la revolución de independencia, los republicanos no vieron en la protección del patrimonio natural una razón que les quitara el sueño. Rápidamente olvidaron que del Observatorio Astronómico de Bogotá, en donde se conservaba la mayor parte de la documentación de la Expedición de Mutis, hayan salido directo para el cadalso varios de nuestros próceres. Tampoco le dieron trascendencia al hecho de que Pablo Morillo, El Pacificador, poco después de fusilar a Francisco José de Caldas, haya dado la orden perentoria de incautar 104 cajones “de vara en cuadrado”, donde estaban recopilados todos los documentos, muestras y dibujos de Mutis. Se sabe que bajo la más absoluta custodia, los envió a Madrid en 1816 y que allí se encuentran desde entonces. El material era considerado subversivo.
Pasaría más de un siglo antes de que la naturaleza volviera a ser tema de preocupación.
Enrique Pérez Arbeláez fue un intelectual de esos que se dan una vez cada siglo. Una espléndida combinación entre científico riguroso y humanista decidido. En Bogotá estudió Latín, Griego, Literatura y Humanidades; en España, Filosofía, Biología, Química, Matemáticas, Mineralogía, Cosmografía y Técnica Microscópica. Luego se doctoró en Alemania en Filosofía y Ciencias Biológicas. Cuando volvió al país, se dedicó obstinadamente a crear una escuela de Botánica en la Universidad Nacional. En esas andaba cuando comenzó a rumiar la idea que ocuparía todo el resto de su vida: hacer una segunda expedición botánica y poner en funcionamiento un jardín que sirviera tanto de centro de investigación, como de espacio para la divulgación y apropiación del patrimonio natural del país. Corría 1937 cuando lo propuso por primera vez.
En su empeño encontró una cómplice que se convertiría en su fiel escudera para siempre. Se trataba de Teresa Arango, una antropóloga calarqueña, amante apasionada de la lectura y fumadora compulsiva. Los dos emprendieron una cruzada por la creación del Jardín Botánico, con una terquedad conmovedora. Los animaba la convicción de que en el patrimonio natural había claves para nuestro pasado, presente y futuro como nación: “Para tener patria es preciso planear el bien humano a partir de la potencialidad del suelo poseído”, decía Pérez Arbeláez.
Después de reclutar para su causa a los científicos más célebres de la época y de insistir con vehemencia frente a todas las autoridades oficiales, por fin el Concejo de Bogotá les entregó 26 fanegadas en comodato para que construyeran el jardín, en 1955. El terreno era una antigua zona de relleno, ubicada en lo que todos llamaban “El Bosque Popular”.
Teresa Arango evocó el momento de la fundación con estas palabras: “Hace 35 años que llegamos a este lote poblado de eucaliptos y acacias, el Alcalde Mayor Roberto Salazar Gómez, el fundador Enrique Pérez Arbeláez, su amigo y compañero R.P. Lorenzo Uribe, algunos amigos y yo, para la bendición de una pequeña piedra y la fundación del futuro Jardín, en sencilla ceremonia.(…) irradiaba su rostro de alegría cuando nos explicó cómo la especialidad del Jardín sería  la vegetación de los Andes y sus bosques, ‘cumbre de la complejidad biológica’.”

Jardín Botánico José Celestino Mutis - Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá

La obra fue bautizada con el nombre de “Jardín Botánico de Bogotá, José Celestino Mutis. A pocos metros de allí ya estaba funcionando el Instituto Técnico Industrial “Francisco José de Caldas”. Por cosas del destino, los dos puntales de la ciencia en la gesta libertadora, volvieron a reunirse en nuevos parajes.
Los emprendedores ya tenían un terreno, pero casi ningún otro recurso. Estaban “vendiendo un paquete de ilusiones, para adquirir fondos, sin más respaldo que el capital intelectual de su fundador”, dice Teresa Arango.
La primera entidad en ayudarles fue el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, que les otorgó recursos en dinero, además de mapas y un jeep, en el cual Pérez Arbeláez inició las excursiones del caso. La primera de ellas a Salento, Quindío, para traer semillas de Palma de Cera, “La Reina de Los Andes”. Inauguraron entonces el Jardín con la siembra del Árbol Nacional. No habían pasado muchos años cuando algunos gobernantes intentaron cercenar el terreno dado en comodato y hasta cambiar su función y propósito. Pero Pérez Arbeláez no se andaba por las ramas y uno a uno les fue diciendo “cuántas moscas son tres pares”.
Los apoyos también fueron muchos. Eduardo Santos, ex presidente de Colombia, y su esposa, la famosa Lorencita Villegas, fueron dos de las figuras seducidas por el encanto del jardín. El primero era amigo personal de Pérez Arbeláez y siempre le dio su apoyo. La segunda le metió mano al asunto: ideó, diseñó y sembró personalmente una hermosa rosaleda que hoy lleva su nombre.
Alberto Lleras Camargo, otro de nuestros ex presidentes, llegó de un viaje por Europa cargado con semillas y cogollos de rosas, para que fueran sembrados en el Jardín. En 1965 los célebres abogados y políticos Luis Carlos Pérez y Gerardo Molina, consiguieron la aprobación de la llamada “Ley 10”, que le concedió un presupuesto de cinco millones a la obra para la construcción de los invernaderos. Sin embargo, el presidente Guillermo León Valencia, al momento de sancionar la norma, sólo giró un millón y medio de pesos.
Hubo entonces años de incertidumbre porque el dinero no era suficiente para completar la infraestructura básica del Jardín. Teresa Arango dice que esto “afectó anímicamente al fundador, ya fatigado y de pulso vacilante. Vi Con pena que el Jardín también languidecía y que Bogotá y sus dirigentes no estaban maduros para un logro cultural de esta envergadura, y así lo expresé en forma clara y concisa al Alcalde Emilio Urrea, quien calificó mi reclamo como un terrible ‘memorial de agravios’.”
Tan impresionado debió quedar Urrea con la recriminación de Teresa Arango, que pronto visitó el Jardín en compañía de su esposa Bertha, y del Secretario de Obras Públicas, Ignacio Gómez Camacho. Pretendían darle aliento al fundador y mostrar su voluntad de colaboración. Poco después también los visitó el presidente Carlos Lleras Restrepo y terminó calificando la obra como “un tesoro, una pepa de oro”; enseguida se apresuró a hacer efectivos los tres millones de pesos que faltaban para completar la labor.
Para finales de los sesenta el Jardín era ya una realidad a plena marcha, pero aún estaba lejos de lo que sus creadores ambicionaban. Don Jorge Eliécer recuerda que “eso era un terreno cercado y allá nadie entraba. Era como un potrero más. A nadie le interesaba lo que hacían ahí porque eso no tenía nada que ver con la gente”.
Enrique Pérez Arbeláez murió en 1972, pero el alcalde Alfonso Palacio Rudas nombró directora del Jardín a Teresa Arango en 1974, con el encargo de terminar la obra. Ella estuvo 16 años a cargo de la entidad y la convirtió en una institución sólida que hoy es el jardín botánico más grande de Colombia y el más completo de América Latina en especies andinas. También tiene la colección de flores tropicales más grande del mundo.
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El fuego. Apuntes para la historia de una comunidad sin luchas

Estela ha vivido en el Bosque Popular durante 47 de los 52 años que tiene el barrio. Y atiende en “El trasnocho” desde muy niña. Hoy en día es una mujer de más de cincuenta años, con piel de porcelana y ojos profundos. “Tengo fama de malgeniada y de jodida”, dice y se ríe. Ella se ha echado a cuestas la tarea de vivir entre hombres borrachos. Los conoce como a la palma de su mano y más de una vez ha tenido que enfrentarlos “cuando se pasan de revoluciones”. Como esa ocasión en la que fue a mirar por qué su hermano no cerraba el local, a pesar de que ya era muy tarde, y vio que otro hombre “lo tenía encuellado”. Su reacción fue tomar un puñado de ají y tirárselo por la cara al agresor, que quedó vencido e iracundo. Entonces, la amenazó de muerte. Era un malandro del sector: la amenaza iba en serio. Por eso sus padres no la dejaron ir a estudiar por unos días. “El tipo me iba a matar. Pero resulta que dizque sufría de los ojos, entonces con la echada del ají como que se mejoró. Yo me lo encontré como al mes, y después de que quiso matarme, me lo encontré y me dio las gracias porque como que estaba mejor de los ojos.”
La tienda es una herencia que recibió de sus padres y que ella administra en compañía de Carlos, su hermano mayor. “El local ya estaba hecho cuando llegamos. Al comienzo no se vendía porque no había mucha gente. Lo que había era mucho potrero, mucho lote desocupado. Y como no se vendía, tampoco había con qué comer; había días en que una vecina botaba cosas al frente y nos tocaba ir a recogerlas para comer. Lo que se vendía  a veces era un dulce de 2 centavos, de 5 centavos. Cerveza siempre hemos vendido, pero la clientela era muy poquita. Llegamos a vender almuerzos para los obreros que estaban por aquí construyendo. Pero lo que siempre hemos vendido, lo que nos sacó adelante, fue la venta de cerveza y de harina, que la tenemos desde un comienzo.”
El nombre de “El trasnocho” no se lo dieron los propietarios, sino la misma comunidad. Gente como don Jorge Eliécer, que visita la tienda casi diariamente desde hace más de cuarenta años. “Yo venía acá desde cuando atendían los papaes de Estela, don José y doña María, por ahí en el año 60 ó 62. Comenzó a llegar gente de por acá como un berraco y muchos amanecían. Entonces doña María atendía por ahí de 6 de la tarde hasta las 10 de la noche; después don José se levantaba a atender por ahí hasta las 4, 5 de la mañana. Entonces por eso todo el mundo empezó a llamar ‘El trasnocho’ a esta tienda.”
Estela, don Jorge Eliécer y muchos otros, recuerdan muertos de la risa los tiempos del Padre Avellaneda, el primer párroco del barrio, que fue retirado por la Curia después de varios escándalos. Comentan que bebía como cosaco y, se dice, mas no se sostiene, que era débil de carne y mundo, al punto que hubo habladurías en torno al curso prematrimonial que le daba a las jóvenes que lo buscaban para casarse. Después llegó el Padre Fabio Mejía y con él las cosas fueron a otro precio. La mayoría de la comunidad lo considera un santo. Fue él quien pidió apoyo a la comunidad para construir la Iglesia San Felipe Apóstol, en la cual todavía vive. Allá mismo reza tres rosarios todos los días, desde las 2 de la mañana, en compañía de los fieles que quieran acompañarlo.
La tienda es pequeña y siempre está repleta de gente. La entrada es estrecha y las mesas y sillas son de plástico blanco. Al fondo hay una vitrina anacrónica, de madera y vidrio y encima de ella permanecen exhibidos pequeños bultos de harina y granos: habas, cuchuco, arvejas, garbanzos y lentejas. Dentro de la vitrina antes había dulces y golosinas, pero desde hace un par de años lo que se encuentra allí son frascos con sofisticadas delicias que contrastan con el lugar: macadamia, pistachos, nueces del nogal, flores de Jamaica, arándanos… “la gente lo pedía”, me dice Estela, “por eso surtimos con eso”, agrega.
Al fondo, en la pared, está colgado el legendario salchichón en un modular sencillo que también contiene otros abastos. A la derecha hay un pequeño refrigerador con cervezas y gaseosas de todas las marcas. A su lado está el orinal, un diminuto espacio cubierto por media puerta de metal. Al fondo de éste brillan varias “chicas Águila” pegadas en la pared.
Gran parte de la historia del Bosque Popular ha pasado por “El trasnocho” bien sea en forma de rumor, o bien como confesión, intriga o conspiración.
Se trata de historias sencillas, de amores, traiciones, deudas, angustias y fracasos. El barrio no parece tener vocación épica. Llama la atención que durante las décadas de los sesenta, setenta e incluso ochenta –tiempos de gran agitación popular-, no se haya registrado mayor movilización por parte de la comunidad del barrio, con excepción del paro cívico de 1977 que sacó a la calle a una multitud furiosa, especialmente en la zona de la Avenida Rojas. Esa expresión, sin embargo, no era barrial como tal, sino el fruto de acciones de grupos aislados de jóvenes que tenían alguna militancia dentro de la izquierda.
También hubo personas con figuración política individual, como “La guacha”, doña Cecilia López de Rodríguez, concejal por el Partido Liberal y reconocidísima en el sector por su carácter explosivo y su lenguaje extravagante.
Pero en general, la gente ha vivido sin mayores expresiones de participación protesta. Las calles se pavimentaron sin prisa y sin pausa; así nacieron las avenidas que rodean el barrio y lo conectan de manera muy efectiva con el resto de la ciudad. No hubo movilización ni siquiera por la tremenda arbitrariedad con que fue construida la Avenida Rojas, de la cual se dice que “concentra la mayor galería de violaciones a las normas urbanísticas, de medio ambiente, de movilidad y seguridad vial en la ciudad.” Esto, debido a que a todo lo largo de ese importante corredor que conecta la Avenida Eldorado con la Autopista a Medellín, se empotraron una cadena de torres que llevan la energía de alta tensión al sector, y que llegan a rozar las ventanas y las terrazas de las casas. También hay andenes que no alcanzan más de metro y medio de extensión y la contaminación visual, acústica y atmosférica es altísima. Pese a todo ello, el tema solo ha sido tocado recientemente para declarar que no se pagará el impuesto de valorización hasta tanto no se adecúe la avenida a las normas urbanísticas vigentes.


La comunidad del Bosque Popular se ha caracterizado por ser muy apacible, más bien pasiva. Es un sector de clase media en el cual imperan valores de disciplina, orden y trabajo. El mayor dinamismo se da en torno a la Iglesia en donde se mantiene una fogosa actividad de grupos juveniles y grupos de oración para adultos. También han llegado diversas iglesias al barrio y todas encuentran su audiencia.
El hermano menor de Estela, José Agustín, ha sido un testigo de excepción en todos estos procesos. Es el cronista del barrio por excelencia. Además de haber sido uno de los protagonistas de lo más parecido al único movimiento comunitario que ha existido en la historia del Bosque Popular, también se convirtió en el fotógrafo oficial de muchos de los eventos sociales que tienen lugar entre los pobladores. Todos los 31 de octubre, José instala un escenario infantil al frente de su casa, con personajes elaborados en cartón que él mismo diseña. Al lado de esas figuras desfilan infinidad de niños de barrio para tomarse la foto oficial del Día de los niños. Esto ocurre hace 20 años y como José no pudo hacerlo el año pasado, le hicieron recriminaciones: “Se tiró la colección”, le decían. Ha visto crecer y envejecer a varias generaciones bajo su lente. Conoce a todos y sabe todos los “qué” y los “por qué” de lo que ocurre en el barrio.
Después de haber vivido en el centro por varios años, regresó al barrio cuando ya estaba casado e incursionaba oficialmente en el mundo de la imagen. Se había formado en la Juventud Comunista y en los dominios del sindicalismo; finalmente terminó involucrado con el M-19 y a finales de los ochenta se acogió al proceso de paz que firmó el gobierno con ese movimiento.
[…]
No fue posible encontrar fuentes que confirmaran de primera mano la versión de algunos pobladores, pero hay suficientes razones para darle crédito a los testimonios recogidos.
Al parecer, algunos hombres de Víctor Carranza, el famoso Zar de las Esmeraldas, tenían contacto con pequeñas mafias de venta de drogas que operaban en el sector. Frente a la problemática de inseguridad, ofrecieron dinero para comprar “lo que fuera necesario” con tal de desterrar a esa pequeña delincuencia. Se habló entonces de una campaña de “limpieza social”. Se afirma que Julio elaboró una lista con los nombres de las personas que debían eliminarse, y que fue apoyado en ello por un policía que vivía en La Estrada y por los sectores más conservadores de la comunidad. En esa lista figuraban algunos pequeños maleantes, pero también se incluían a otros habitantes del barrio como los jóvenes que habían defendido a “Bazuco” de la golpiza cerca del parque.
Los muchachos de la Junta de Acción Comunal recibieron amenazas de muerte por teléfono y una de las integrantes del grupo decidió renunciar e irse del barrio.
Más adelante aparecieron los cadáveres de cuatro jóvenes cerca del Centro de Salud. Y se habló de otros tres muchachos que habían sido llevados hasta el sector de Las Ferias para asesinarlos.
Existe la fotografía de un graffiti que dice: “Comenzó la limpieza. Atte: Águilas Negras”.
Los hechos nunca fueron aclarados, pero sí se convirtieron en un factor que desgastó seriamente el trabajo de la Junta de Acción Comunal vigente en ese entonces. José Fagua era señalado por muchos como la persona que había elaborado la lista negra, por eso decidió tomar el toro por los cuernos. “Hablé con Martín, que era un vicioso muy alegre y dicharachero, y que jugaba fútbol con todos los viciosos por allá en la bolera del Salitre. Le dije: ‘Cuádrelos en la bolera y yo voy y hablo con ellos.’ Y fui. Cuando llegué me recibieron diciendo ‘ábrase hijueputa, a qué viene’.  Entonces Martín intervino, porque ése era bravero y todo, y dijo ‘Déjenlo hablar, que él también tiene derecho’. Y entonces les conté la historia. Supieron de dónde venía la lista y todo. Ahí sí se calmaron.”
[…]
Lo cierto es que ahora en el Bosque Popular casi todas las casas y los negocios están aprisionados por rejas. La gente ahora le tiene miedo a la gente. Son muchos los atracos a viviendas y almacenes que se han dado en los últimos años Y han sido tantas las quejas que la policía instaló un cuadrante exclusivo para el sector, desde hace apenas unos seis meses. Ya ha habido varias capturas y la seguridad del barrio viene mejorando. Los habitantes culpan de la inseguridad a gentes de la zona, pero también a maleantes de otros barrios aledaños.
En “El trasnocho”, don Jorge Eliécer y Estela a veces se sienten extranjeros dentro de este Bosque Popular del presente, que les causa extrañamiento.
-          Ya muchos están viejitos. Otros han vendido las casas y se han ido del barrio. Otros arriendan, le arriendan a cualquiera; entonces la gente que uno ve es nueva y no se puede confiar en ellos. Ya no hay confianza como antes. A los arrendatarios no les importa el barrio, por eso esto se ha vuelto más inseguro -dice Estela.
-          Eso es verdad –señala don Jorge Eliécer-. Ahora todo el mundo está construyendo edificios por aquí, para arriendo o para negocio. Por eso hay tanta gente desconocida.
Mientras hablan, entra un hombre con buena carga de años encima y grita.
-          ¡Vengo por mi dosis personal, Estelita!
Pero ni Estela, ni don Jorge Eliécer le prestan atención.
-          Acá hubo un grupo que siempre estuvo viniendo, como durante 20 años. Eran más o menos unas 25 personas. Y éramos como una familia. Antes todos eran conocidos. Tan conocidos, que mi papá era capaz de dejarles la puerta cerrada y ellos se quedaban tomando toda la noche y por la mañana decían “Vea yo me tomé esto, pago esto” o “cogimos esto” y pagaban. Pero así, porque eran conocidos –indica Estela.
-          Yo estoy esperando a que se me resuelvan unos problemas en la casa para irme de aquí. No quiero irme a otro barrio, sino al campo, a una finca que tengo en La Mesa. Aquí ya no me amaño –agrega don Jorge Eliécer.
El hombre que venía por su dosis personal ha tomado una cerveza del refrigerador y se dispone a destaparla. Estela lo mira.
-          Se me olvidó pedirle permiso Estelita. Pero como yo tengo abuso de confianza aquí… ¿cierto?
Todos ríen. Cae la noche.

*** 
* El texto completo puede consultarse en el archivo del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural de Bogotá.

3 comentarios:

  1. Respetada Edith:

    Me es grato saludarte y admirar una vez más tus aptitudes y gran facultad literaria.
    Un abrazo
    Vicente Rodríguez
    donvisoster@gmail.com

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  2. Muy interesante el texto, muchas gracias. Me pregunto: en qué libro o documento se encuentra el archivo mencionado del Instituto Distrital de Patrimonio.

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  3. Muy interesante, quería saber de mí barrio llevo toda mi vida aquí pero solo son 27 años y quiero saber más de este preciado lugar para mí. Me gustaría saber exactamente como lo encuentro el texto completo.

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